Nuestra peligrosa amistad con el miedo

Miedo que te hace dudar

“A veces el miedo te hace dudar, […] no lo dudes, sólo abre tus alas, siente el vuelo […]” – Diego Torres

Cuando queremos analizar algo tan amplio y subjetivo como el miedo, es mejor que antes intentemos definirlo de la manera más sencilla y generalizada. Si consultamos el DRAE, encontramos estas dos acepciones para la palabra “miedo”, que dicen algo así como:

  1. m. Angustia por un riesgo o daño real o imaginario.
  2. m. Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea.

Hasta aquí todo claro, de hecho es un concepto muy sencillo de definir y entender lo que significa, ya que de seguro, todas las personas pueden identificarlo cuando lo sienten.

Si me preguntaran a mí cómo lo definiría, de seguro mi acepción sería algo así:

  1. Miedo. m. Dícese de aquel puto sentimiento que anida en nuestra mente, y que actúa como un maldito muro que se encarga de joder el camino hacia nuestros sueños.

Y perdonadme por tan vulgar palabrería, aunque he probado a esribir con asteriscos de omisión, he terminado decantándome por ser directa y sincera, porque es así como personalmente entiendo y siento el concepto.

¿Cómo se manifiesta en nuestras vidas?

Antes de continuar, veo la necesidad de hacer una clasificación, que parte también de la definición oficial de la RAE que hemos visto anteriormente. Consideremos estos dos tipos:

  1. Miedo real: todo aquel que sentimos porque de verdad existe una probabilidad alta de que algo malo ocurra. También podríamos englobar aquí a todo aquel que es provocado por esas situaciones que directamente se nos escapan de las manos; esas mismas situaciones en las que la solución no depende de nosotros/as mismos/as.
  2. Miedo imaginario: todo aquel que nace única y exclusivamente en nuestra cabeza. Casi siempre es exagerado, con tendencia al fatalismo, y como ya he dicho, un jodesueños básicamente.

Cuándo existe una amenaza real

Creo que es inevitable sentir el primer tipo de miedo, así sin más. Somos humanos que vivimos situaciones, y SITUACIONES, y es absolutamente normal sentirnos superados por las circunstancias que a veces nos acaecen. Es la forma que tiene nuestra mente de aceptar la posibilidad de que un peligro acecha, y quizás puede que alguna vez podamos utilizarlo en positivo.

Me explico de otra manera. Alguien de tu entorno sufre una situación en la que tú no puedes hacer más que prestarle tu apoyo. Pensemos en una enfermedad que tiene cura, pero no sabes cuándo llegará y si es que llegará. Entonces es normal sentir miedo, es algo totalmente justificado. Es justificado sentirlo, y lo que sí que es necesario es reconocerlo. Puedes estar muerto/a de miedo por esa persona, aunque te muestres con serenidad y brindándole esa positividad y esa esperanza que le puede ayudar a sobrellevar su situación.

Os preguntaréis en qué momento he visto la positividad en este tipo de miedo, pues bien, veo que ese miedo es el que nos hace tener un poco más los pies en la tierra, ya que estamos contemplando la posibilidad de que algo puede salir mal. Cuando acabe esa batalla, te recordarás a ti mismo/a sientiéndote asustado/a, pero también lo harás pensando en cómo te enfrentaste a todo eso.

Cuando vuelva una situación similar, sabrás mejor cómo actuar. Entenderás que sentirlo no denota cobardía, si no que es la armadura con la que tu mente se escuda para enfrentarte a aquéllo que no puedes controlar.

Cuándo sólo existe en nuestra mente

En este apartado que corresponde al segundo tipo, es dónde más veo el peligro o más bien el riesgo. No hay nada más dañino y jodido (sí, otra vez lo digo), que esa amenaza que sólo existe en nuestra mente.

¿Por qué demonios se nos meten tantos pajaritos en la cabeza? Vale, sentimos miedo porque la situación X puede salir mal, pero casi siempre todo tiende a la exageración y a ese fatalismo al que alimentamos constantemente.

Y si no, dime acaso que no te ha pasado…

  • que no denuncias una injusticia por miedo a represalias.
  • que no exiges mejores condiciones de trabajo por miedo a que te despidan.
  • que no le explicas al resto que tienes una discapacidad que a veces te pone trabas, por miedo a que te rechacen y no acaben de entenderte.
  • que no cuentes algo que te quita el sueño por miedo a que piensen que te victimizas.
  • que no hablas de tus sentimientos por miedo a ser juzgado de moñas o vete tú a saber qué paranoia.
  • que no comentas un malentendido por miedo a empeorar la situación.
  • que no le dices a alguien que te gusta por miedo a que te diga que no es recíproco.
  • que no haces ese viaje de tus sueños por miedo a todo lo que desconoces sobre el lugar.
  • que no dejas ese trabajo que te amarga la existencia por miedo a no encontrar otro y verte en la calle.
  • que no te atreves a dar un paso fuera de tu zona de confort por miedo a que no sabes qué vas a encontrarte.
  • que no te animas a empezar a cuidar más tu cuerpo por miedo a no conseguir lo que deseas o a abandonar en el intento.
  • que no te lanzas a por aquéllo que quieres por miedo a no verte capaz de estar a la altura de la situación.

Y podría seguir así hasta el artículo del mes que viene. Que sí, que cada vida y cada persona es un mundo. Que las circunstancias no siempre acompañan, y que muchas veces tememos que nuestras decisiones afecten a otras personas, por eso también nos retenemos más. Pero creo que muchas veces es necesario detenernos a pensar, y analizar realmente cuál es el grado del riesgo que corremos.

Yo he puesto unas situaciones en las que nosotras/os intentamos acelerar, pero el miedo viene pisando fuerte el freno para deternos en seco, sin ABS siquiera, y de seguro te has tenido que ver reflejado/a en alguna de ellas. Y seguro también que son muchas más las situaciones en las que esa obstrucción mental no nos deja avanzar como nos gustaría.

Lo intentamos, luchamos contra ello, pero a veces es más fuerte que nosotros/as. Nos hace pensar en negativo y en que todo saldrá mal cuando lo cierto es que ninguna situación tiene un porcentaje exacto de posibilidades, ni de salir bien, pero tampoco necesariamente de que sea un desastre.

Son batallas silenciosas, contra una/o misma/o que quizás deberíamos compartir más con los demás. Por eso siempre estoy a favor de hablarlo. El hecho de confesar alguno de tus miedos a alguien, sea quién sea, ya que puede ayudarte de sobremanera. Quizás otras personas pueden ayudarte a mirar la situación desde otra perspectiva y te sirva de impulso para decir de una vez “fuera miedos”.

Pero claro, no todo se puede contar, ni todo el mundo tiene la capacidad de entender el sufrimiento interno de alguien si no se ha visto siquiera en alguna situación similar.

¿Somos cobardes por sentir miedo?

No joder, somos humanos y es normal tener miedo ante lo desconocido o antes de emprender nuevos proyectos. Pero somos cobardes cuando dejamos que sea él el que decide por nosotras/os.

Sea como sea aquí estamos, en una lucha diaria por conquistar nuestros miedos y rendirle tributo de una vez a nuestros sueños, porque cuando se alcanzan, es cuando realmente te das cuenta de que esos miedos sólo sirvieron para retrasar la espera y pensemos también que para hacerte más fuerte y más luchador/a.

 

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